# Cuatro años de semana de 32 horas: qué se rompió de verdad

> La semana de cuatro días no nos hizo más productivos. Hizo imposible seguir ignorando nuestros malos procesos, que resultó ser lo mismo.

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Nos pasamos al 100·80·100 en 2022: todo el trabajo, el 80 % del tiempo, el 100 % del sueldo. Cuatro años después, el resumen honesto es que la semana en sí fue la parte fácil. Lo que se rompió, y con ruido, fue todo lo que veníamos arrastrando en silencio: la reunión que existía porque siempre había existido, el cliente que necesitaba a tres personas en una llamada, el proyecto presupuestado en horas que nadie había contado.

Una semana de 32 horas es una restricción, y las restricciones no crean disciplina: revelan su ausencia. Los primeros seis meses no trabajamos menos; hicimos lo mismo en menos días y lo llamamos victoria. Eso no es una semana de cuatro días, es una semana comprimida, y quema a la gente más rápido que aquello que venía a sustituir.

Lo que lo arregló no fue la fuerza de voluntad. Fue la aritmética: un reparto por escrito de las 32 horas, por persona y por semana : prioridad uno, prioridad dos, I+D, administración y comunicación. En cuanto los números existieron, la conversación dejó de ir de esfuerzo y pasó a ir de aritmética, y con un cliente se discute mucho mejor de aritmética. Ese reparto ya no lo publicamos como norma, que es una lección en sí misma: la hoja de cálculo era el andamio, no el edificio.

La parte que seguimos haciendo mal es el control sin controlar. Quitamos un control horario y una capa de mandos, y no siempre los sustituimos por algo. La autonomía sin una definición compartida de «terminado» es todo el mundo adivinando con educación. Estamos en ello, en público, como con todo lo demás.
