Un fraude creíble
El síndrome del impostor se define como la duda de uno mismo entre gente que rinde alto. Los idiotas no lo tienen. Esa es la parte que consuela.
El síndrome del impostor es una autopercepción: la sensación de que no somos tan buenos en lo nuestro como la gente cree, y de que tarde o temprano se van a dar cuenta. Genera ansiedad, estrés y otras criaturas de la noche. No hay un consenso clínico sólido al respecto, así que tómate lo que sigue como una postura, no como un diagnóstico.
La postura es esta. Esa vocecita que de vez en cuando susurra que lo que tienes entre manos te queda grande existe, y en la práctica es irrelevante salvo que decidas hacerla relevante. Es irrelevante incluso cuando tiene razón.
El escritor y locutor argentino Alejandro Dolina contaba la historia de un joven que, intentando impresionar a una chica, suelta que va por la mitad de la carrera de medicina. El romance prospera. La familia empieza a llamarle para pedirle consejo: un dolor de cabeza, el brazo del niño, la cadera de la abuela. Él se compra un manual de medicina general y lo hojea, desesperado, antes de cada respuesta. Pasa el tiempo; sigue respondiendo, se compromete, se casa. Todo mientras va a clases nocturnas para llegar a ser médico de verdad.
Si la gente te percibe como excepcional y tú te percibes como un desastre, lo que decide es el impacto sobre las personas que tienes delante. Fingir hasta conseguirlo no es mentira cuando lleva las clases nocturnas incluidas.
La nota que consuela viene de la literatura. Los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos describen el síndrome del impostor como la duda sobre el propio intelecto, las habilidades o los logros entre individuos de alto rendimiento. Alto. Rendimiento. Los idiotas no tienen síndrome del impostor; tienen lo contrario. Dunning y Kruger demostraron en 1999 que cuanto menos sabes de un tema, más sobrestimas tu capacidad, porque la habilidad que te falta es la misma que necesitarías para notar lo que no está.
Por qué hablamos de esto en el trabajo: vendemos experiencia, y no se puede vender ni producir experiencia estando convencido de no valer. La confianza en el trabajo es parte del entregable. Los equipos como el nuestro, de inteligencia alta y ego bajo, crecen bien como grupo precisamente porque nadie defiende territorio, y el precio de eso es una autoestima que hay que construir a propósito. Así que tratamos la sombra del impostor como el tiempo atmosférico: va a aparecer, y la vía de escape es la que dibuja en el mapa la curva de Dunning y Kruger. Trabajar para ser mejor, practicar la habilidad nueva, decirlo en voz alta, pedir feedback a los compañeros. La vocecita no discute contra las pruebas.
Publicado originalmente en nuestra base de conocimiento interna en agosto de 2024. Adaptado para el blog.